De existencias virtuales y otras yerbas.

“Hay un poder que sustenta una reproducción económica de la vida, redituable hasta la usura”
-Vicente Zito Lema-

“Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”
-Guy Debord-

Por Santiago O ´ keeffe
Lic. en Comunicación
Profesor en comunicación

Hace un tiempo ya, existe o se propaga una idea respecto de que, “lo que no se registra y comparte, no existe”. Que de no hacerse público el hecho o momento, esa situación no sucedió. Un imaginario social que remite a pensar que existe aquello que se registra, con el propósito de luego compartirlo, que otres lo vean y a partir de ahí: existir. Parece ser que registrar y compartir/publicar, son aspectos que dan entidad a los hechos/sucesos y personas.

Ocurre aquello que guardamos en algún tipo de archivo digital, y que pasado un corto tiempo compartimos, socializamos, ponemos a circular. Las cosas son o suceden, si pueden más luego volverse virtuales o virales. Una reinversión o una subversión conceptual retórica: existe o es real, si se vuelve virtual”. Existe, si gira/deambula por el universo virtual. Por una zona en principio de apariencia, como bien lo enuncia su signo: es “virtual”, carente de materia, de corporeidad y que intrínsecamente recrea una subjetivación de la totalidad.

A esta idea de la existencia virtualizada, de existir a partir o a través del juicio y localización virtual, se adjunta la expansividad de la intimidad. Las redes sociales y la virtualidad, demandan “contenido” circulante que reanime la escena presuntamente existencial. Bajo esa premisa: de que algo existe si se registra y luego se comparte, las personas divulgan cada rincón, cada acción que lo habilita a ser parte de esta idea de existencia a partir de la virtualidad.

A una entidad anónima e insustancial entregamos parte de nuestras vidas y días, convencidos de que esa ofrenda es un mero recorte de una aparente totalidad. Ingresamos inmutables como actores permanentes, a un umbral de sociabilidad no redistributivo. Un universo que mientras demanda no compensa, no auxilia, no salva, no abraza.  A la sumatoria de datos personales decodificables logarítmicamente, se suma la intimidad de nuestre quehacer (no puesta otrora) a disposición de los ordenadores virtuales. Hacemos para registrar y luego existir en lo que podríamos denominar, ejercicio de virtualización vital.

Hay algo que no da carnadura emocional a esta manera de vivir, de existir, de devenir. No estaría de más pensar, cuál es el estímulo vital que nos alienta a poner a circular hasta lo más íntimo. Con qué propósito compartimos a quienes no conocemos y, probablemente no nos conozcan, asuntos nuestres. A qué sitio dirigimos ese proceso divulgativo de nuestra intimidad; cuál será la utilidad que encontramos al asunto de que nos vean y consideren por la positiva. En qué momento se podrá ser sin aprobación condicionante, en un tiempo de virtual apariencia y totalidad subjetivada.

Que más lindo sería volver al hogar, a la reunión sin registro, al recuerdo indeleble de la retina, del sonido, del aroma, de la escucha, del tacto, de nosotres reales con lo que tengamos a mano, sin pretensiones trascendentales. A fin de cuentas, como supo escribir José Ingenieros, “la vida es transitorio equilibro químico sobre la superficie”.

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