Delfín, un triunfo simbólico del cine

Pleno invierno, bajo cero, escarcha de dos centímetros de grosor. Pero Cazadora no se detuvo; se puso campera y gorro, compró el balde grande de pochoclos y se fue al cine Italiano a ver Delfín. Nada mejor que esa atmósfera. La película escrita y dirigida por Gaspar Scheuer, con actores y locaciones toldenses colmó la pantalla y las butacas. Casi dos horas después salimos reconfortados y conmovidos. La actuación de Valentino Catania, verán, es bellísima. Desde aquí, nuestro humilde espacio, le dedicamos una breve reseña, a modo de devolución y reconocimiento por el esfuerzo y la obra final.

Película: Delfín Director: Gaspar Scheuer
Argentina / 2019 / 87 min

El niño pobre de pueblo pobre
Delfín, el niño pobre, no el pobre niño, como decía Berni sobre su Juanito Laguna, es pobre en algunos aspectos: no come bien, no puede asirse ni dormir bien, no tiene habitación, no tiene tecnología, no tiene madre presente, y encima trabaja de repartidor de panes, por la mañana, antes de ir a la escuela. Delfín está en una situación de pobreza, no hay índices que puedan dar bien, sin embargo tiene algo que lo hace distinto, algo que lo enriquece en su humanidad: sabe tocar un instrumento, en este caso un singular corno francés. Le falta casi todo lo material, la abundancia de un hogar caliente como supuestamente debe ser, pero simbólicamente es superior al resto, por ejemplo, de sus compañeros de escuela. Incluso en su deseo es vencedor frente al mundo de los adultos, resignados muchas veces a la institucionalización encarnada, que no presta ninguna atención ni a la mirada ni al deseo de los niños. Podemos decir deseo, o podemos decir demanda, pedido explícito, como en la película. Se sabe que el deseo es movimiento; y Delfín siempre está en movimiento. Hay que decir que ese movimiento es tranquilo y poético, como el pueblo donde vive, donde todo sucede con lentitud; en ese ritmo cansino hallamos –como toldenses– escenas visualmente hermosas; pasajes y juegos con las locaciones del pueblo realmente magníficas.


La revelación
Su única opción entonces es rebelarse justamente contra los adultos. Aunque él no sepa que está rebelándose, sabe lo que quiere, simplemente. Claramente, no tendrá complicidad, deberá arreglárselas solo. Sucede entonces la transgresión, al estilo del personaje de Roberto Arlt, en la novela El Juguete rabioso, que ingresa a la escuela por la noche, sino recuerdo mal a la biblioteca. Que Delfín tenga que arriesgarse y retirar el corno de la escuela por la noche, ante el control del portero, es el desenlace de la ausencia de comunicación y de la incomprensión escolar. En general los niños son frenados por los padres o el entorno social, pero si el deseo es tan poderoso, no hay escucha ni recursos, lo que queda es sacarlo, ni siquiera robarlo. ¿No vale más en su mochila que en una vitrina? Está claro que se había cansado de decirle a todos: “es importante para mí”. Su ambición es querer ser parte de una orquesta musical. Para eso, debe viajar a Junín. Ni siquiera contará con esa ayuda.

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Padres e hijos
Merece una mirada aparte –pero creo que en la misma línea– la relación padre-hijo. Para nada el padre de Delfín, interpretado por Cristian Salguero (sino vieron El invierno, véanla) ignora a su hijo, pero, asediado por sus problemas económicos, no puede prometerle nada. Delfín por su parte entiende a su padre, por eso mismo también actúa, pese a él. Y es un poco así, Delfín entiende todo: entonces no espera nada. O espera algo, pero sabe que puede no llegar. El abandono –o cierta indiferencia– no es del padre ni de la madre, sino del mundo social, donde hay pocos amigos. Me detengo a decir algo más de la figura del padre. No es un padre ausente, ni la madre lo es, ni son malos padres.


El nombre es el destino
Muchas veces en la película hay escenas que parecen puestas a propósito y que tienen el efecto de pensar qué haría uno en ese lugar, si estaría en ese lugar. Y se podría decir: haría lo mismo. Y ahí está: uno haría lo mismo. Si fuera el portero haría lo mismo, si fuera la directora, igual, y así con los demás personajes. Como todos harían lo mismo, Delfín hace algo distinto. Sólo desde la mirada del niño, de Delfín, después de su visión, haríamos otra cosa con la infancia. En este sentido, se puede decir que nadie es tan malo, sino que la vida nos vuelve malditos, faltos de ternura y de amor. Si producimos daño en el otro, porque a veces es inevitable la violencia simbólica, se está siempre en carrera de repararlo. Delfín es eso y es también un inmenso juego con la memoria, con los personajes que representamos, y, ciertamente, con la vida que no está llena de posibilidades, como se dice, sino de imposibilidades. Si el personaje que interpreta Valentino Catania es bello, si Delfín es una película hermosa, conmovedora, hay un triunfo simbólico, un espejo donde podemos ver una sensibilidad social no del todo perdida.

Es escritor y comunicador social. Tiene dos novelas: La carne alucinante y Viaje ritual. Y el estudio El camino sosegado, dedicado a la obra de Antonio Di Benedetto.

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