El paseo, en cuarentena

Como son cerca de las siete de la tarde de este abril en cuarentena, aprovecho para hacerme una vueltita a la manzana, caminando. Dar este típico paseo hoy es algo atípico, y lo que se ve también. Pero tampoco es que antes de la cuarentena era un típico paseo, ya que no lo hacía. En realidad no hacía paseos. Salía a correr por el triángulo, caminaba por los alrededores, miraba con fervor las lechuzas asomadas espartanamente fuera de sus cuevas, los hermosos pájaros carpinteros, rojos y amarillos, y hasta la agresividad de los teros sobrevolando mi cabeza, en defensa de sus huevos y territorio, y de mi intrusa presencia. La cosa es que en este paseo, que sin duda empezará y terminará, como todos, aunque con la diferencia de que este será cronometrado, noto algo que no se detuvo a pesar de la pandemia. El otoño. Quisiera por un momento ver desde el aire todo el paisaje amarillento de las hojas, mezclado con el verde y ese entre colorado y rojo de algunos árboles más raros. Pero estoy abajo y es precioso. Caminar por las calles desiertas que amontonan las hojas caídas. Admirar esta estación corta. No puedo en el trance de la caminata y de esta aparición, dejar de pensar en mi infancia en este pueblo. Nosotros andábamos en bicicletas. Yo siempre iba, de chico, de acá para allá. Tuve varias bicis, de las malas y buenas. Siempre los mismos recorridos: de casa del barrio Obrero al club Viamonte, de casa a la escuela normal, al almacén, y así, para todos lados, chocho, haciendo coleadas, willys, todo eso. Pero en ese entonces, había una atracción de las que más me gustaban (suerte que la práctica no perdura porque es insoportable el humo que despide), pero en mi infancia nadie se quejaba mucho: todos quemaban hojas en la calle. En los barrios más lejanos al centro, calle de tierra y numerosos ranchos, todavía se encuentra gente que sigue ejerciendo esta práctica entre tóxica y pirómana. Por cierto sino es en la calle de tierra, donde la quema se da mejor, me parece, lo hace en el patio, al fondo, cosa que el inmediato vecino reciba de lleno el humo en la boca y le quede la ropa lista para lavarla de vuelta. Pero esto no es lo importante. Cuento que con placer, de chico, combinaba dos destrezas, la de colear y pasar por arriba del fuego al mismo tiempo. Era hermoso desparramar las distintas montañas de hojas prendidas fuego. Hermoso que en una cuadra de cien metros hubiera a veces varios montoncitos ardiendo. Y algunas veces eran montones grandes, casi una fogata. Todo eso hacía que fuéramos de uno a otro, en zig zag. Atrás tuyo, por supuesto, venía un amigo, que arrastraba las hojas quemadas y terminaba por destruir la montaña, armando despelote. Para cuando salían los vecinos a putearnos, ya estábamos lejos, entre risas, buscando más montañitas.
Doy vueltas y voy casi hasta el monte Marabello. Lo veo desde la escuela normal, la que rodeo para volver a donde vivo. Con solo pensar en el monte se me vienen otras historias…

Es escritor y comunicador social. Tiene dos novelas: La carne alucinante y Viaje ritual. Y el estudio El camino sosegado, dedicado a la obra de Antonio Di Benedetto.

1 Comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *