El virus que trae silencio

CAZADORA vuelve a escribir después de una pausa digamos que inmensa: No sabemos si volveremos o no, pero nos permitimos escribir una breve reflexión sobre la pandemia mundial, excepcional, para disfrutar el adentro de la casa y de las redes. Desde ya -quedate en casa leyendo Cazadora.

Es probable que todo cambie luego de este “tiempo vivo” y no “muerto” que nos impone el Coronavirus. La pandemia re-configura nuestra existencia y “agarra” a cada uno de la manera que menos lo esperaba, o depende, de la manera que más esperaba. ¿No es cierto? Por eso por un lado es un desafío: es como si el virus tomara la decisión por nosotros, y no nosotros, parece un triunfo del psicoanálisis en cierto modo. Quedate en casa puede ser lo mejor, pero también lo peor. En cierto modo lo importante es que potencia lo mejor y lo peor de nuestras pasiones y desventuras, porque estamos des- aprendiendo a convivir de vuelta. Tanto si es con nosotros como con los otros. Esto lo da el tiempo. Tener todo el tiempo puede ser un problema, si es que uno tiene que reorganizarse, si es que uno tenía un plan, y ahora no lo tiene. Dicho de otro modo: lo tendrá que tener de otra manera. No sólo eso es esto: es la confirmación de que la tecnología llegó para quedarse… ¿O ya estaba entre nosotros? La misma pregunta podemos hacernos en relación a las personas: ¿no estaban entre nosotros? En esa síntesis intuitiva que me permito hacer, diré otra cosa: ¿no es maravilloso que el capitalismo nos de lo que estamos pidiendo y no nos animamos a realizar? ¿Y qué estamos pidiendo sino es tiempo, tiempo y más tiempo, parar el tiempo? Saberlo, tenerlo presente, para que al regreso, que llamaremos normalidad, el capitalismo no nos intente azotar de vuelta con nuestro uso del tiempo. Sin desconocer la gravedad de estar viviendo y habitando una pandemia que parece de otro siglo pero en este presente tan aceitado que supuestamente teníamos, ligero de crisis pero no desconcertante a nivel de la suspensión (y reconfiguración de todo el sistema), podemos (puedo) decir algo más: ¿escucharon el silencio? El hermoso silencio a falta de coches y motos que nos permite esta suspensión. Que, hay que decirlo, no volverá. No, no volverá. No somos espectadores sino participantes de algo que generaciones no volverán a presenciar, este estado de excepción. No sólo los animales vagan felices, desconcertados por tener tanta libertad, sino que, como Di Benedetto lo anticipó en su novela El silenciero, nosotros mismos volvemos a disfrutar de esa falta de ruido, que es el silencio. Digamos lo que digamos: ¿quién no sueña con la soledad absoluta de las calles y los cielos cargados de estrellas que pueden verse hoy en el campo? ¿Quién, en su sano juicio, no sueña con manejar por una ruta suave y desierta, deslizarse hasta otra ciudad sin cruzarse a nadie? Quién, no seamos pudorosos, no soñó con brindarle el tiempo a la persona que ama. ¿No es eso amar? Por último, diré que otra vez es el cuerpo el que está en discusión sobre la vida, porque no somos otra cosa que cuerpo, cuerpo que siente, que duele, que sufre los dolores, extraña, y que, también, se virtualiza para llegar a los demás. ¿No estábamos en la época de la viralización? El cuerpo es entonces lo primero en viralizarse. Me quedo con que el cuerpo quiere extenderse, que el cuerpo quiere moverse, pero atención, un cuerpo en quietud, también es un cuerpo en movimiento, y, como dice Charly García, el silencio tiene acción y el más cuerdo…

Es escritor y comunicador social. Tiene dos novelas: La carne alucinante y Viaje ritual. Y el estudio El camino sosegado, dedicado a la obra de Antonio Di Benedetto.

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