Hoy amor, igual que ayer, como siempre, el diario hablaba de ti, y de mí…

Son únicos: los ruidos de un pueblo son los ruidos de un pueblo. Y cada pueblo es único por lo que produce distinto a otros. Podemos hablar de ruidos y pensar en la sirena de los bomberos y la amargura que produce, así como en carnaval y fin de año el mismo sonido muta a alegría, a comienzo; de la publimoto y su oralidad inconfundible e itinerante, de los domingos en donde nos asalta el texto repetitivo de parripollo, cuando uno quiere sólo dormir y no pensar en carne por unas cuantas horas. Y también en estas tradiciones que se aceitan todos los días está el bar de amigos y amigas y el diario que circula, que se filtra en la vida social, los problemas que se comentan a viva voz dándonos una vida ni más ni menos importante que la pertenencia, una parte de la unidad de sentido que construye el sentido de una comunidad chica. Y en ese cuerpo de voces y imágenes y textos, encontramos la anatomía casi inalterable de la tinta del diario Impacto y el tratamiento que hace de los temas. ¿Quién no se vio, con orgullo, reflejado en sus páginas? ¿Quién entiende el por qué de esa forma de titular tan particular, poniendo siempre el verbo y el sujeto en lugares extraños, sin artículos al comienzo de la oración? A modo de ejemplo: “Alumnos hicieron su promesa a la bandera”. En estas marcas textuales singulares aparece un modo de representación reconocible, pueblerino, no siempre feliz, pero de algún modo eficaz. Cazadora se deja taladrar y abrir por los textos publicitarios de publimoto referido al “diario” Impacto, y allí se detiene, para entender un poco qué significado tienen, o quizá, podrían tener.

Foto: Anders-Nord

“Hoy apareció periódico Impacto, otro Impacto informativo en la ciudad”.

En esta publicidad de diario Impacto de los miércoles, el día de su salida a la calle, en el texto de publimoto, todo parece estar mal. ¿Cómo puede ser que un diario aparezca? Primero, no se trata de un periódico, porque esta palabra indica periodicidad, lo más sensato sería decir semanario Impacto. Es cierto, quizá haya quedado la tradición del diario, ahí deberíamos ver un profundo cambio cultural o un decir que no se ha podido modificar, un localismo. Pero, a quién le importa corregir esto. A muy pocos, El Tiempo, por su parte sí es un diario. Impacto, nuestro “diario” local tradicional, tiene mucha más historia, y muchos también, cambios de locaciones. De algún modo, muy propio de los tiempos que vivimos, en donde la información circula por canales más informáticos y digitales, más veloces, los lugares de trabajo físicos, como una redacción, y más en un pueblo chico, tienden a desaparecer, inevitablemente. Hablar de redacción en Los Toldos, con periodistas calificados en pleno trabajo, parece imposible, sin embargo, alguien produce el diario, o varios periodistas o personas lo producen, lo diseñan, lo arman, lo distribuyen y sacan a la venta, entre otros menesteres. Por eso decía, más arriba, que el diario no “aparece”, sino que se hace. La diferencia es fundamental: aparecer está más del lado de lo místico, de lo invisible, de cierto fetichismo (de lo mercantil), casi como la llorona, que aparece en mitad del camino en medio de la noche de campo, o el lobizón, si queremos profundizar la imaginación esotérica. Eso sí debería aparecer para existir, dándole fundamento al relato oral, que se justifica sólo en lo empírico (el hecho de verlo primero es el orden lógico para contarlo después, y darle existencia, muy por el camino contrario de la ficción, que en parte se da al revés). Es indudable, por otro lado, que es más engorroso y poco publicitario decir, en el caso de la venta de un semanario: “trabajamos toda la semana para que usted hoy tenga su Impacto”. Pero podría ser, por qué no.

Foto: Thomas Charters

Otra cosa me llama la atención, la idea de la información. ¿Qué es la información? ¿Qué es un impacto informativo? ¿Qué es otro impacto nuevo en la ciudad? ¿Un choque? No es que no suceda nada, pero ingresamos otra vez en esa zona divina donde las cosas impactan, de pronto, sin aparente aviso, como si cayera un meteorito o aterrizara una nave extraterrestre en medio del pulmón verde… ¿Es cierto que las cosas pasan de imprevisto o más cierto es que las cosas tienen un desarrollo histórico, bastante conflictivo, y de pronto hay un desenlace? Eso, justamente, no es información. Es un hecho histórico que se produce entre los actores no inocentes de una comunidad que sirven en ella, sea en el medio que sea. Y que muchos de ellos, casi todos, cobran un sueldo, tienen una responsabilidad, entre otras cosas. Por otra parte, tal vez, y sólo tal vez, un choque, algo desventurado, el resultado de un partido de fútbol o vóley, por ejemplo, sí sea una noticia, una información. No tiene tanta relevancia, no impacta sobre la vida de las otras personas como un plan de viviendas nuevo o la llegada (¿cómo llega?) del asfalto a un barrio. Lo cierto es que aunque puedan considerarse como información lo que dijimos sobre una colisión o un partido, incluso así, lo que se produce, el término de ese acontecimiento, por más que no sea de gravedad, es, de todos modos un hecho social clave y no menos importante que los demás, si bien más transitorio, lógico. Entonces, ¿qué es información? Todo y nada. La información puede ser un hilito, que sirve para tejer algo más sólido, una bufanda que nos abrigue contra el frío, incluso una serie de papeles apilados que remarcan la pertenencia al pueblo, la sociabilidad; no es lo mismo un café con diario que sin diario, como no es lo mismo un café sin amigos que con amigos. Algo une el hilado. Algo que no es divino, algo, que no es dios, pero son personas. Por eso, justamente aparecemos. Por eso, incluso, antes de aparecer sabemos que del otro lado habrá, aunque no siempre, alguien esperándonos. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. ¿Qué pasará cuando no haya nadie, ni esperanza siquiera? Cuando se profundice el cambio cultural. Sabemos que el papel, su materialidad, puede desaparecer, está, digamos, desapareciendo. No es lo que deseamos, por cierto, porque siempre queremos tocar al otro, tenerlo entre nuestras manos, mancharnos, entintarnos, atesorar en un recorte nuestra historia personal, algún logro por mínimo que sea. Eso sí que es divino, y, por supuesto, humano a la vez.

Foto: Elijah-O´donnell

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