Recuerdos que mienten sólo un poco

Ciertas conexiones con el pasado se producen entre las dos y las cuatro de la madrugada, cuando la actividad cerebral consciente está en declive pero a la vez aparece en sintonía y cuadro el operador telefónico inconsciente, que trasmite vía cable luces de la historia personal, de esos recuerdos que mienten pero sólo un poco. Algo dispara la memoria y desemboca en algo tan básico y universal como una noviecita prácticamente insignificante del pasado. ¿Qué tiene de significante entonces que sea ella y no otra? Todos los encuentros desprolijos merecen ser contados porque hay un cable infinito que conecta las demás historias que presagiará el futuro. Cruces, mudanzas, aventuras, naranjas, una mujer rubia, etc., Cazadora publica hoy una ficción nueva de Ignacio Bosero, después de un tiempito de otras yerbas.

Foto: Julia Caesar

La recuerdo nítidamente a Silvana de San Pedro. Pero la historia empieza enrarecida. Porque hay dos Silvanas en San Pedro, para fines de los años noventa. Justito ahí, en 1999.
Nos habíamos mudado con mi familia a esa ciudad del norte bonaerense por cuestiones de trabajo. El río Paraná, barroso y extenso, las barrancas, el clima más caluroso y húmedo, las naranjas y duraznos, enormes, las callecitas y la nueva vida, prometían otra cosa que Los Toldos.
Yo no quería irme del pueblo, opuse resistencia, pero una primera excursión a ver el lugar, la casa enorme y cierta seducción del aire, me convencieron de que había otras cosas más que el campo. De por sí, las mujeres me parecieron mucho más hermosas, incluso, los cuerpos me parecieron mucho más atractivos. Además, ser nuevo en una ciudad nueva debía tener sus ventajas en el colegio.
Así es que nos mudamos un verano, si mal no recuerdo era febrero, el calor era desmesurado; el chapuzón al río era el único calmante, intercalado con la pileta del patio. Ese febrero y algo de marzo fueron intensos. Colmado de gente que llegaba a visitarnos, aprovechando que la casa era grande. Por la noche, el quincho se convertía en una juntada segura. Comíamos asado, picadas, tocábamos la guitarra, cantábamos.
Casi de inmediato llegaron los vecinos. Vivirían pegados a nosotros, en la misma casona centenaria. Compartíamos la entrada por medio de una escalera alfombrada. Luego dos puertas altas, antiguas, dividían las casas. De un lado, ellos, del otro, nosotros. Fue inevitable hacernos amigos. Era una familia cordobesa, con dos hijos varones. Venían de Perico, Jujuy, mascando coca.
Frente a nuestra a casa, bien en el centro, al lado de la plaza, había un videoclub. Mi hermana más chica se hizo de inmediato amiga de Silvana, la chica del videoclub, que solía atenderlo turnándose con su hermano, del cual yo me hice amigo más tarde. Aunque fuera un poco más grande en edad, compartíamos la pasión por el fútbol, y más de una vez me llevó a la bailanta del pueblo y a las canchas. El grupito de amigas que se armó mi hermana, tenía dos Silvanas y una tercera, de la cual no recuerdo el nombre. Las tres eran hermosas. Pero a mí me había flechazo la Silvana vecina, quién sabe por qué, lástima que tenía novio. Lo que no le impidió dirigirme miradas muy interesantes ni ponerse celosa cuando se enteró, por intermedio de mi hermana, que la otra Silvana, la rubia, la super atractiva, quería tener algo conmigo.
Fue la tercera amiga que una tarde me lo comentó en el patio. Yo no podía creerlo. Parecía soñado. En los dieciocho años que tenía no había estado nunca con una mujer tan increíble. Me había tocado Dios. No podía echarme para atrás. Tenía que hablar con ella, decirle que siempre me había gustado, cualquier cosa para besarla.
Las amigas, con mi hermana a la cabeza, nos organizaron un encuentro secreto. Nos juntamos en la escalera de la casa que daba al patio. No me voy a olvidar que usaba bombachas tipo de campo y camisita, cualquier ropa le quedaba bien. Tenía rulos rubios frondosos, y ojos muy verdes. También tenía una cicatriz que le bordeaba el labio superior, lo que la hacía sumamente interesante. A ella, por supuesto, no le gustaba. Le dije lo obvio y la besé. Le pedí que a la noche nos viéramos; aceptó.
Por la noche la hice entrar a mi casa. No entiendo todavía cómo me animé. Pero era de madrugada y todos dormían. Los dormitorios estaban lejos de la cocina, donde entramos, y los ruidos no se oían. Cerré las puertas y el silencio se agudizó. Hicimos mate y nos quedamos un buen rato charlando. Ella apoyado contra la mesada de mármol, yo contra la pared. Los nervios me comían; tenía muchas ganas de besarla, de alargar los besos. No podía no aprovechar el momento. Tampoco podía abalanzarme sobre ella, desesperado. Nos estábamos conociendo.

En un momento no pude ya contenerme y la besé, llevándola contra la pared, casi arrinconándola. Noté que estaba incómoda, y me frenó. Sentía que contrastaba su actitud con lo que su cuerpo me generaba. Y lo que podía generarle a cualquiera que fuera hombre. Pero no dejaba de ser una chica de diecisiete años. No era inexperta, ni tímida, ni siquiera dulce. Era espontánea, decía lo que tenía que decir. Nos franeleamos bastante más, cuando ella quiso, y nos despedimos, con la idea de vernos al día siguiente.

Foto: Tim Mossholder

Podía ser, sí, aunque yo no me lo creyera, que Silvana se había enamorado de mí. ¿Por qué? Era un misterio. Se puso muy mal el día que le dije que pronto me volvería a Los Toldos, justo en el mejor momento del noviazgo incipiente que teníamos. Me sentí extraño todo el tiempo que duró nuestra relación. Silvana no quería que nos vieran juntos, y yo no me imaginaba con ella de la mano, en la calle, era demasiado hermosa, había algo que no encajaba, como que no era del todo mi tipo. Así, no quedó otra que vernos en secreto en lugares distintos. Bajo las escaleras de la casona. En casas abandonadas, en baldíos, a la orilla del río. Hasta que un día me volví a Los Toldos, solo, y empezamos a hablar por teléfono noche por medio.
Largas charlas telefónicas, recostado en el sillón marrón brillante claro de mi tía, con quien me había ido a vivir. Titina se dormía temprano con la radio AM de fondo; yo entornaba la puerta de su habitación, y otra corrediza, y desde el living discaba el número de Silvana de San Pedro, con esos teléfonos pesados, de cable enroscado. Su voz del otro lado era lo mejor del día. La hacía más linda todavía. Me extrañaba. Quería verme. No era una buena época para mí. Mi familia seguía en San Pedro, estaba inhabilitado para jugar al fútbol en Los Toldos, no había vuelto a enganchar con mis amistades en la escuela, mi casa estaba alquilada, y, por supuesto, era el cierre de una etapa fundamental, quinto año y viaje de egresados. Al terminar, me tenía que ir a estudiar a Buenos Aires con mi hermana mayor. Y decidir qué estudiar. No tenía ni la más mínima idea.
Viajé y la vi por última vez, en San Pedro. Nos citamos en un baldío, cercado por ligustrina, se podían entrever los autos y la gente pasar por la calle, sin que nos descubrieran. Había viajado tanto para encontrarme en un lugar tan poco íntimo… Respeté la decisión de ella. No daba para más igual. Silvana tenía razón: estábamos lejos, era absurdo andar de novios así (si es que estábamos de novios, ya que nunca habíamos tenido sexo, por ejemplo). No importa. Terminó.
Yo no sé si en algún lado quedarán las listas de Telefónica, con el detalle de la factura y los números marcados, resaltados con el amarillo que les hacía mi tía con el resaltador, preguntándome si yo llamaba a otro lado y porqué tanto. No pude mentirle. El gasto adicional y abultado que le venía en el detalle de las hojas y el número que se repetía era de San Pedro, el número de Silvana, mi noviecita.

Foto: Ekhard – Hoehmann

Las largas horas que hablamos, las largas horas que tuve su voz en mi oído, algo tan erótico que se fue esfumando como el tiempo de ese tiempo en la memoria. No tengo idea de que hablaríamos, la excusa era escucharnos, saber que en algún momento de la noche sonaba el teléfono y era lo que esperabas, tu momento de hablar, alguien para vos. Alguien ajeno, una voz de mujer que decía desearte.
No tengo la menor duda de que Silvana no se acuerda nada pero nada de todo esto. La crucé una vez en el subte D, en Buenos Aires, una tarde, bastantes años después, y no me reconoció; no estaba tan hermosa ni rubia; pero seguía siendo ella, me di cuenta enseguida por su cicatriz, única, bordeándole los labios.

Es escritor y comunicador social. Tiene dos novelas: La carne alucinante y Viaje ritual. Y el estudio El camino sosegado, dedicado a la obra de Antonio Di Benedetto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *