Segundo paseo, en cuarentena

No pretendo hacer una saga, pero los recuerdos se dan encadenados en los lugares del pueblo donde persiste el mismo paisaje y la memoria personal. Pero en verdad, para no ser falsos, ni falsear la memoria endeble de por sí, la mía, inclinada a inventar, ni el paisaje es el mismo ni los recuerdos son testimonio de alguna pretendida verdad. Si camino por la absurda vereda, de un solo lado, que rodea al monte Marabello, doy cuenta de cómo el pasto empieza a devorársela para nada amorosamente, como recuperando lo suyo sin vuelta atrás; después de asfaltada la calle, ese camino se dejó de usar prácticamente, y la proliferación de motos y autos ha colaborado con la aparición sobre las baldosas de un manto verdoso, que se teje como una telaraña variable. Si miro al monte veo caballos, unos cuantos, que con paciencia muerden el pasto y lo comen sin prestarme la mínima atención. No siempre hubo caballos aquí en el monte, que yo recuerde, por lo menos no tantos. Tampoco que recuerde esa cosa salvaje de un árbol trepado al otro, como de selva, que hay hoy. Ese abandono edénico que tiene el monte. Si miro a la derecha me llama la atención un gato que pasa como un rayo, agazapado, cruzando de la quinta de Denaday a la vereda de enfrente. Alcanzo a ver su pelaje en movimiento. Un lujo lugareño. Sigo por el camino y alcanzo el claro, ese inmenso pedazo de verde sin árboles donde algún domingo lindo de mi infancia fuimos a remontar barriletes con la familia. Era una ocasión muy buena para hacer los famosos barriletes caseros. Mi viejo los hacía con bastante empeño, se decía que era bueno, que los hacía fuertes y voladores. Y era cierto. Se daba maña y también había algo de arte ahí, que mi vieja completaba con colores. Cortábamos unas cañas por la mitad, que ni sé de dónde las recolectábamos, piolín, diario, engrudo, y una buena cola, extensa, y salíamos a la aventura. Me gustaba mucho la preparación del barrilete artesanal en familia, como me gustaba cuando mi viejo armaba los aviones y los barquitos de papel. Ya en el monte era cosa de perderse entre el gentío y que saliera a relucir el cotorrerío de todos de un día domingo. Para ese entonces que yo tengo memoria y que la traigo ahora de regalo, el barrio FONAVI estaba construido, de modo que iban los pibes de allí, desconocidos para mí, a remontar con nosotros, los del barrio obrero. Pero vimos construir de pe a pá el barrio aledaño, el FONAVI. De laguna a casas hongo, de barro a asfalto, en un lugar bastante intransigente para la construcción. Hubiese, digo la verdad, querido que se quedara todo barro y laguna y descampado, no por la gente, que tiene tanto derecho como todos a tener su casa, y en parte la quiero, sino por lo romántico del paisaje que se daba antes. Me pasa lo mismo con el monte Marabello: quiero que se quede monte para siempre, que a nadie se le ocurra construir nada, ni agrandar el pueblo ni extenderlo ni todo ese tipo de argumentos civilizatorios que son realmente –cuando uno mira lo que es el monte- desleales con ese pulmón que nos abraza. No me gustó para nada, ya llegando al término de la cuadra para empezar a rodearlo, al monte, una casa de dos pisos que está en construcción, ahora detenida por la cuarentena, por suerte. Un adefesio que contrasta con mi montecito. La vereda que enfrenta un pedacito del barrio obrero más nuevo con el principio de FONAVI está tomado por el verde, es decir no hay asfalto, no hay vereda. Y en este otoño, con los árboles que le plantaron antaño, luce hermosa. Parece una vereda plaza. En vez de seguir por ahí, se me ocurre doblar justo en el mural de Evita eterna. Me adentro en el corazón del barrio, ese que odié y amé durante su construcción en la infancia. Casas bajitas, todas distintas. En esta cuarentena se resiente el silencio en esas calles periféricas, lejanas del centro. Y aquí lejanas tiene un sentido que hace no importar la distancia, porque la distancia es corta o larga, lejana o cercana, de acuerdo al lugar donde uno vive, no a otros, relativa. Paso por la placita donde veo el cartel Barrio María Luz Mujica; me entero de que hay un barrio en homenaje a una desaparecida, en Los Toldos. Agarro calle de tierra. Bordeo la otra espalda del monte, la que da a la laguna de Cota y que es un bajo. Porque esa zona presenta lomadas y bajos. Veo la caída del sol, de pura casualidad, mientras las hojas de los árboles caen en el monte, movidas por el vientito leve. Pienso en el arte y en la repetición y en las variaciones de uno mismo y en qué sé yo y en la guerra, por solo pensarlo. Se va y se vuelve sin un camino trazado o por trazar, del monte, si uno quiere meterse adentro alguna vuelta. Me olvidé, ahora que hablé de camino, y este es un recuerdo escrito de varios caminos de barrio, del que hacía para ir al kiosko limítrofe barrio a barrio, en mi infancia. De esa angosta vereda que me conducía a una ventanita. De esa ventana pedía, apenas llegaba a ver las cosas, golosinas y cosas para la escuela. Hoy la ventana está levantada. No puedo olvidarme de ese kioskito de casa, como tampoco del otro, más ambicioso, el de la plaza Sarmiento, porque significaron la aventura. Ir era un paseo maravilloso, con esas pocas monedas doradas; un permiso, como ir a la casa de un amigo.
La escuela normal es lo último que rodeo para volver a mi casa. Pedro está comiendo mandarinas en la vereda del vivero. No escuché voces en el paseo, pero sí un pedacito de la canción Barro tal vez, remontada en las últimas casas de pueblo, o de ese lado del pueblo que mira al campo y que, indiferente o no, mira al monte, desde otro lado, o el monte, mejor dicho, lo mira a él. Como nos mira el campo, de todos lados.

Es escritor y comunicador social. Tiene dos novelas: La carne alucinante y Viaje ritual. Y el estudio El camino sosegado, dedicado a la obra de Antonio Di Benedetto.

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